Tema 2: La pieza que faltaba - Un estudiante finlandés (1991)
Un hobby que no iba a ser gran cosa
Durante los años ochenta, el proyecto GNU avanzó a buen ritmo. Stallman y sus colaboradores construyeron un compilador (GCC), un editor de texto legendario (Emacs), un intérprete de comandos (Bash) y docenas de herramientas que forman la infraestructura básica de cualquier sistema operativo. Tenían casi todo. Casi.
Les faltaba el kernel, el núcleo del sistema operativo: la pieza de software que se comunica directamente con el hardware, que gestiona la memoria, que decide qué programa se ejecuta y cuándo. Sin un kernel, todas aquellas herramientas magníficas eran como tener el motor, las ruedas, los asientos y el volante de un coche, pero no el chasis para montarlos.
El proyecto GNU tenía su propio kernel en desarrollo -llamado Hurd-, pero avanzaba con lentitud desesperante. Y entonces, el 25 de agosto de 1991, un estudiante de 21 años en la Universidad de Helsinki publicó un mensaje en el grupo de noticias comp.os.minix que se convertiría en uno de los textos más citados de la historia de la tecnología:
"Hello everybody out there using minix - I'm doing a (free) operating system (just a hobby, won't be big and professional like gnu) for 386(486) AT clones. This has been brewing since April, and is starting to get ready. I'd like any feedback on things people like/dislike in minix, as my OS resembles it somewhat (same physical layout of the file-system (due to practical reasons) among other things)."
"I've currently ported bash(1.08) and gcc(1.40), and things seem to work. This implies that I'll get something practical within a few months, and I'd like to know what features most people would want. Any suggestions are welcome, but I won't promise I'll implement them :-)"
El estudiante se llamaba Linus Torvalds. El sistema operativo que estaba construyendo "como hobby" y que "no iba a ser grande ni profesional" se llamaría Linux. Y cambiaría el mundo.
El puzzle se completa
Lo que Torvalds había creado era precisamente la pieza que faltaba. Linux era un kernel: el núcleo que se comunicaba con el hardware y sobre el cual podían ejecutarse todas las herramientas que el proyecto GNU había construido durante casi una década. GNU tenía todo excepto el kernel. Linux era el kernel que necesitaba todo lo demás. Juntos, formaban por primera vez un sistema operativo completo y enteramente libre: GNU/Linux.
Torvalds tomó una decisión crucial: publicó Linux bajo la licencia GPL de Stallman. Esto significaba que el kernel sería libre para siempre, que nadie podría apropiárselo, que cualquier programador del mundo podría estudiar su código, mejorarlo y compartir sus mejoras.
Y eso fue exactamente lo que ocurrió.
El modelo que nadie creía posible
Lo que sucedió a continuación desafió todo lo que la industria del software creía saber sobre cómo se construyen programas. Miles de desarrolladores de todo el mundo, la mayoría sin conocerse entre sí, empezaron a contribuir código a Linux. No les pagaba nadie. No había un plan maestro ni un director de proyecto. Simplemente, alguien veía un problema, escribía una solución, la enviaba, y si era buena, se incorporaba al kernel. Era colaboración pura a escala global, coordinada únicamente por internet y por la revisión entre pares.
Los escépticos decían que aquello no podía funcionar. Que un proyecto serio necesitaba una empresa detrás, un presupuesto, una jerarquía. Que un montón de voluntarios trabajando gratis jamás producirían algo fiable. La historia demostró que estaban equivocados de la forma más espectacular posible.
Otro regalo de Torvalds
En 2005, Torvalds hizo otra contribución que transformaría la industria del software: creó Git, un sistema de control de versiones distribuido. Git permite que miles de personas trabajen simultáneamente en el mismo proyecto de software sin pisarse unas a otras, llevando un registro perfecto de cada cambio, de quién lo hizo y por qué.
Git se convirtió en el estándar universal para el desarrollo de software. Sobre él se construyeron plataformas como GitHub y GitLab, que hoy albergan prácticamente todo el código abierto del mundo. Cada vez que un programador en cualquier lugar del planeta hace un commit -registra un cambio en su código-, está usando una herramienta que Linus Torvalds creó y regaló al mundo. Otro acto de generosidad que parecía pequeño en su momento y resultó ser inmenso.
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